Alta, delgada, una melena castaña con unas ondas perfectas, un cuello estilizado y un cuerpo proporcionado. Un pecho bien formado, una cintura ni fina ni fea. Unas piernas bonitas.
Un estilo informal pero elegante; vestía una chaqueta de punto negra larga con cenefa al final y un cinturón de algodón fino como un dedo. Un vaquero pitillo que no le quedaba nada mal, una camiseta básica de tirantes blanca, impoluta, sin una sola mancha, a pesar de llevar toda la vida con ella. Y unos tacones que casi nadie lograba llevar puestos.
Caminaba con la cabeza bien alta y la espalda recta, no le hacía falta meter tripa ni sacar pecho. Un día, paró en una cafetería a tomar cafe, en una terraza. Una cafetería común, en una zona común, con gente trabajando y clientes comunes. No había nada de especial en ella.
A su lado se sentó una pareja joven, 20 años quizás. Parecían muy felices juntos...
-Mira ésa chica, qué estirada, fijo que tiene un cochazo, un BMW por lo menos, o quizás un Audi, vivirá en una casa enorme donde haya por lo menos tres criados. Fijo que tiene muchísimo dinero.
- Seguro que ni siquiera saber vivir la vida y ser feliz, fijo que es una amargada de ésas que aparentan mucho y no tienen nada.
Acabó su café, sin prisas, no las tenía. Se levantó y se acercó hasta ellos...
- Hola, solo una cosita, para que no vayáis equivocados por la vida. No tengo un BMW, ni un Audi, ni un Mercedes; tengo el viejo coche de mi padre, que posiblemente mañana tenga que llevar al taller. No vivo en casa, ni siquiera éso; vivo en un piso de segunda mano de poco más de 60 metros cuadrados. No tengo dinero, es más, trabajo de reponedora en un supermercado para poder pagar el alquiler. Y, por si os interesa, cada noche me siento en el suelo de mi habitación frente a una caja de zapatos llena de recuerdos; viejas fotografías, viejos recortes de revistas, las entradas de cine de películas que fui a ver con mis amigas. Guardo en ella los recibos de mis mejores compras, mi primer diario y un frasquito con el perfume de mi madre, ése que me encantaba sentir cuando le daba un abrazo; y un trozo de la camisa favorita de mi padre, ésa que tanto le vi puestas y tanto le oí decir que le gustaba. Para que veáis que aunque no lo parezca, soy de lo más normal, quizá mucho más simple que vosotros. Nunca te fíes de ellas, son muy traicioneras.
- ¿De quién? - Preguntó ella, un poco cortada.
- De las apariencias



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